Beatriz Moreno Psicóloga
Ghosting

En una sociedad en la que el tiempo ha pasado a ser el bien más preciado, escoger con qué personas no queremos perderlo es un acto de economía afectiva. Mientras, el auge de las redes sociales ha cambiado las reglas del arte del romance. Cupido ya no es Cupido, ahora se llama Tinder, Bumble, Badoo, Hinge y Grindr. Desde hace más de una década, estas aplicaciones de citas disponen el nuevo romanticismo, así como las dinámicas que acompañan a esas nuevas formas de ligar.

Junto a los match, los bloqueos y los corazoncitos, aparecen nuevas palabras que describen —mediante anglicismos— comportamientos muy particulares. Así surge el ghosting, una práctica lamentable e indisoluble a la búsqueda de pareja en apps. Se trata de un adiós sin explicaciones, sin respuesta, sin aviso. Es la magia de esfumarse, de dejar “en visto” un mensaje en redes, de desaparecer abruptamente y para siempre. En términos psicológicos, el ghosting es cortar unilateralmente el contacto con una persona con la que mantenías una relación afectivosexual.

Algunas razones de este fenómeno son obvias: es más fácil desaparecer que explicar el motivo de no querer continuar el contacto. Llamése aburrimiento, miedo al compromiso, comportamientos invasivos o “no querer herir sentimientos del otro”. Por eso no me sorprende el inmenso hartazgo que observo últimamente entre los consumidores de este tipo de plataformas. La gente se está cansando y la principal queja es el deseo de autenticidad. Y es que desaparecer sin dejar rastro, refleja actitudes y comportamientos que pueden tener un impacto dañino en la salud mental y sexual de quien lo hace y de quien lo sufre.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Uno de los efectos de la tecnología es amplificar nuestra disponibilidad y con ello, la ilusión de haber encontrado a alguien. Es muy fácil escribir o llamar a cualquiera, no importa lo lejos que esté. Lo cierto es que somos muy accesibles y es fácil dar con nosotros. Por otro lado, la inmediatez, la capacidad de superar las barreras del flirteo del cara a cara y la percepción de abundancia de gente que caracterizan a estas aplicaciones están abocando a tener relaciones más superficiales y existe, en ocasiones, cierta “crueldad” en el trato con los demás.

Como ya intuíamos algunos profesionales, hemos acabado confundiendo el autocuidado con la destrucción ajena: para proteger nuestra salud mental, nos cargamos la de otros. Conozco personas admirables y enormemente valiosas (a quienes dedico este articulo) que han experimentado un dolor desgarrador tras sufrir más de un ghosting. Se trata de personas completas y sanas que sólo quieren conocer a alguien especial. Y todas estas “microdecepciones” que surgen de encontrarse ciertos comportamientos poco aceptables acaban pasando factura a la autoestima hasta llegar a dudar de uno mismo. Ya sabes, si estás buscando pareja, te tocará tarde o temprano, esfumarte, o ser la víctima de alguien que se disuelve sin dar explicaciones. Al fin y al cabo, todos somos sustituibles y desechables.

Decir adiós nos cuesta, es más fácil desaparecer. Pero la empatía y el respeto no deben ser excepcionales para las personas que nos gustan o nos merecen la pena, sino elementos necesarios en cualquier relación interpersonal, del tipo que sea. En otras palabras, queremos relaciones con personas libres de traumas y está en nuestras manos cultivar la responsabilidad afectiva, es decir, “no hacer lo que no quieres que te hagan a ti”. Ojalá liguemos mucho y bien en este nuevo año que empieza, pero cuando queramos poner fin a algún romance, que sea desde el respeto y la consideración a los demás. ¿Es mucho pedir?

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