Beatriz Moreno Psicóloga

Son las 00:37. Marta no puede dormir. Ha enviado hace tres horas un mensaje importante a una amiga con la que hace muchos meses no habla, tras una acalorada discusión. Aún no hay respuesta. El móvil sigue en silencio; su mente, en cambio, no. “Quizás lo nuestro ya no tiene solución, quizás hemos perdido la amistad para siempre, quizás debería haberme explicado mejor.” Mira el teléfono una y otra vez, cada minuto, pero éste permanece quieto mientras la película en su cabeza no deja de avanzar.

Vivimos asustados. El miedo está presente en nuestras vidas: miedo a sufrir, miedo a fracasar, miedo a la soledad, miedo a perder el trabajo, miedo al futuro. Vivir con miedo es como vivir en la oscuridad, con un conflicto y una resistencia enormes. Y cuanto mayor es el miedo, mayor es el impulso de escapar.

¿Quién no ha experimentado miedo en algún momento de su vida? El miedo es una de las emociones esenciales del ser humano, de hecho, la más común (hasta los psicópatas, incapaces de sentir amor, conocen lo que es estar asustado). Y las emociones no aparecen sin más: el cerebro las fabrica mezclando señales del cuerpo, recuerdos y contexto. En ese proceso, el miedo actúa como un guardaespaldas obsesivo que interpreta, anticipa y exagera. Prefiere equivocarse por exceso antes que quedarse corto. No busca la verdad, busca protegernos. Y en ese intento, a menudo se pasa de frenada.

Un gran porcentaje de los problemas que vemos en las consultas de psicología son causa o consecuencia del miedo, en concreto, del miedo anticipatorio. Ese “miedo por adelantado” que, a menudo, genera más sufrimiento que el momento que se trata de evitar.

Como explica la neurocientífica Lisa Feldman Barrett, se ha descubierto que la preocupación por lo que va a suceder se graba en el cerebro con la misma intensidad que un hecho negativo real. Al angustiarnos por el futuro, activamos el “circuito del miedo”, lo cual explica por qué el pánico anticipatorio resulta más desagradable que la posible situación real. Cuanto más tiempo y energía dediquemos a pensar en lo que sucederá, más aumentará nuestro miedo. 

Sin embargo, aquí hay un matiz clave: las personas no reaccionamos a los hechos, sino a la interpretación individual y subjetiva que construimos sobre ellos. El problema no es el miedo, sino cómo lo vive cada uno en función de su personalidad, valores, creencias e historia biográfica (entre otros). Saber esto cambia la forma en la que entendemos nuestra relación con el miedo.  

En realidad, sabemos que el miedo es un recurso defensivo de primer orden, un aliado que nos salva literalmente la vida. Nos alerta ante situaciones de peligro, dispara torrentes de hormonas que preparan nuestro cuerpo para correr, o pelear, o hacer lo que tenga que hacer para sobrevivir.

En definitiva, no podemos elegir no sentir miedo, ni eliminarlo cuando aparece. Y tratar de evitarlo sólo sirve para reforzarlo y hacerlo más grande. Aprender a identificarlo y comprenderlo nos permite convivir con él y decidir no entregarle el control de nuestras vidas. No consiste en dejar de tener miedo, sino en aprender a no alimentarlo.

Marta buscó ayuda hace unos meses. Ahora tiene más información, ha cambiado ciertos hábitos y se conoce mucho mejor. Ha aprendido que los seres humanos disponemos de un instrumento muy poderoso para desactivar el miedo injustificado: la respiración. Ha aprendido que la mayoría de las cosas que tememos, no ocurrirán jamás. Ha aprendido a sustituir los pensamientos negativos por ocupaciones inmediatas.

A día de hoy, Marta sabe que el miedo se contagia, pero la calma y la confianza también. Puede que hasta le dé tiempo a echar una cabezada hasta las siete, hora en la que tendrá que levantarse, llevar a sus hijos al colegio y empezar el maratón de día que le espera.

Imagen de Anthony Tran en Unsplash