Acaba de comenzar el verano y todos pensamos ya en qué haremos estas vacaciones. Hay quien prefiere ir a la playa o conocer sitios nuevos, pero también está el que se aferra a las vacaciones en el pueblo, ese lugar que nos ha visto crecer e ir descubriendo el mundo, ese lugar donde nos dimos el primer beso o nos cogimos la primera borrachera.
Aunque nací en Madrid, tengo pueblo, el de mi madre. Un pueblo castellano a orillas del Duero al que íbamos desde niños veranos enteros mis hermanos y yo en cuanto nos daban las vacaciones del colegio. Reconozco que cuando hablo de “mi pueblo” me surge desde lo más profundo de mi ser un fervor patriótico que me impulsa a anunciar al mundo las grandezas de ese lugar en el que sus habitantes hablan con acento y las abuelas aún nos preguntan de quién somos nietos.
Recuerdo con nostalgia aquellos veranos en el pueblo cuando era una niña: ese amanecer con la atmósfera limpia, el despertar con el arrullo de las palomas procedente de las cornisas de la iglesia de Santa Clara, junto a la casa de mis abuelos. Recuerdo bajar al corral y comenzar el día con un sol y un cielo azul asombrosos. Desayunar esa leche que mi abuela compraba a una vecina que tenía vacas y que hacía una nata gruesa que por aquel entonces detestaba. Recuerdo el cielo lleno de estrellas, sin contaminación lumínica. Recuerdo el mero hecho de irnos a la cama esas noches silenciosas y frescas de agosto, acompañadas de una colcha. Recuerdo sentirme segura porque en el pueblo no parecía existir el peligro. Nuestros padres no se preocupaban de dónde estábamos porque siempre aparecíamos por casa a la hora de comer o merendar, acompañados de primos y amigos. Recuerdo que el tiempo tampoco tenía importancia, porque lo llenábamos con idas y venidas en bicicleta, baños en el río o en la piscina del pueblo. Pese a ello, no recuerdo sentirme afortunada en aquellos días, por tener un pueblo al que ir en verano. Esto lo he sentido después, cuando vuelvo cada año con mi hijo, mis hermanos y mis sobrinos para que vivan lo mismo que vivimos nosotros.
Veranear siempre en el pueblo puede parecer poco original, pero tiene un valor psicológico profundo. Esos días nos regalan un tipo de socialización más espontánea e improvisada -con amigos, vecinos y familia extensa- que hemos perdido, por completo, en nuestros contextos más urbanos y digitales. Allí hay menos pantallas y más aperitivos a diario en la plaza, sobremesas largas y participación en las fiestas patronales. Para los más pequeños, las rutinas en entornos estables y predecibles son beneficiosos para su desarrollo emocional: anticipar lo que va a pasar genera seguridad interna y tranquilidad. Y para los adultos, todo lo que repetimos se convierte en tradición. Y las tradiciones, vividas con emoción, se convierten en rutinas que nos aportan orden interno y sentido.
Desde la psicología evolutiva, cuando volvemos cada verano al pueblo y entramos en contacto con aquello que nos resulta familiar, se desencadena toda una red de emociones y significados personales que refuerzan nuestro sentido de identidad y pertenencia. Los recuerdos vinculados a lugares seguros —como la casa de los abuelos en el pueblo—se integran en la narrativa personal como experiencias positivas. Esta integración emocional fortalece las conexiones con el pasado, ofreciendo una base sólida de autoestima y coherencia personal. En palabras más sencillas: ese “yo iba de pequeña al río con mis primos” ahora, como adultos, forma parte de quiénes somos. No podemos olvidar que el pueblo constituye nuestro legado pasado, presente y futuro. Es un lugar lleno de recuerdos, personas queridas y tradiciones que, en nuestro fuero interno, simbolizan el hogar. Volver allí es “volver a casa” y reactivar muchas historias que nos identifican: la infancia de nuestros padres, las anécdotas de nuestros tíos y las vivencias de aquellos que ya no están. Esta memoria colectiva fortalece los vínculos y le da significado y profundidad a nuestras raíces. Ser de pueblo es la identidad, es el legado. Es nostalgia y es raíz. Ser de pueblo es ser de un sitio pequeño y concreto, el lugar de donde somos. Nuestro origen.

