Beatriz Moreno Psicóloga
Obligados a ser felices

Vivimos unos últimos años marcados por la incertidumbre y la búsqueda de respuestas rápidas para conseguir sosiego y bienestar donde la autoayuda, el pensamiento positivo y las llamadas “nuevas espiritualidades” –como el mindfulness– han experimentado un crecimiento exponencial, llegando su literatura a ocupar gran parte de las estanterías en las librerías de todo el mundo.

Cuando algunos pacientes utilizan estos medios como algo “iluminador” para alcanzar el crecimiento personal y espiritual reconozco sentir cierto escepticismo. A menudo el género de la autoayuda y el positivismo -aparentemente inocuo- pueden ocultar perversas dictaduras afectivas. La saturación de mensajes como “sé feliz”, “no te amargues la vida”, “si quieres, puedes”, “céntrate en lo positivo” va haciendo estragos no solo en lo anímico y en lo afectivo, sino también en lo material y en lo social. La felicidad, con la que se comercia como si fuera un producto que puede adquirirse con recetas mágicas, se ha convertido en toda una industria que, como muchos autores señalan, ha conseguido despolitizar el estrés, convirtiéndolo en un asunto estrictamente privado y particular.

Cuando atiendo a gente que busca en la terapia únicamente algunos consejos para que el “sufrimiento propio de estar vivos no les afecte”, me pregunto “si la felicidad no se ha convertido en un instrumento de tortura en el siglo XXI”. Es como si todo estuviera orientado a que creamos que somos felices, llenando nuestra vida con experiencias predeterminadas (viaje de moda, deporte de moda, libro de moda…) y algunas claves para creernos felices. Al mismo tiempo, ¿cómo transmitir, a alguien que ha dado el paso de pedir ayuda profesional, que la búsqueda desesperada de la felicidad nos impide parar y reflexionar sobre aspectos esenciales de nuestra forma de vivir?

Además de que el sufrimiento se ha patologizado, se culpabiliza a quien lo sufre por no saber “gestionarlo”, por no contar con las herramientas necesarias para evitarlo, como si fuéramos máquinas que se tienen que saber gestionar a sí mismas. En este sentido, la autoayuda y el pensamiento positivo generan una percepción de autocontrol extremo y obsesivo. Pero lo más alarmante es que pueden causar una ceguera ética y social que nos aleja de la colectividad y de los verdaderos responsables de las desigualdades sociales. Desde la premisa de la autoayuda y el pensamiento positivo, el problema lo tienes tú (por tu actitud, por tus elecciones, por tu visión del mundo…), y, por tanto, tú eres el responsable de solucionarlo: “Tú eres el responsable de aprender a gestionar tus emociones”. Todo esto, a su vez, deriva inevitablemente en una “religión del yo” que nos hace caer fácilmente en el desasosiego y la frustración.

En definitiva, este perverso imperativo que nos obliga a ser felices se va adueñando de nuestras costumbres y va impregnando con fuerza el modo en que contemplamos, pensamos y sentimos el mundo. Y no somos conscientes de que esta tiranía puede debilitar algunos valores fundamentales como la solidaridad y la búsqueda común de la justicia social. Lo triste y paradójico, es que, ante la ausencia de verdaderos proyectos de trascendencia personal (individual y/o colectiva), acabamos aferrándonos a dichas fantasías de felicidad. Esa felicidad fácil y accesible a todo el mundo. La felicidad como un producto de consumo más.

Esa felicidad que los antiguos maestros griegos tuvieron por una aspiración deseable, pero en absoluto sencilla de obtener, y que se ha convertido hoy, en la única manera posible de lidiar con nuestros estados de ánimo, espoleada por una publicidad despiadada que nos impide ser jueces de nuestro propio destino. Ya nos avisaba Séneca de que “nada nos ocasiona mayores males que hacer caso a los rumores, dar por hecho que las mejores cosas son las admitidas con gran consenso”.

Reivindico, una vez más, el pensamiento crítico filosófico (frente al positivo), ya que es el único que nos permite cuestionar la realidad del mundo en que vivimos. Desde siempre, la filosofía se pensó a sí misma “como forma de reconducir las perplejidades derivadas de la vida cotidiana y, en lo posible, proporcionar herramientas para solucionarlas en caso de que resultaran problemáticas”. Y aunque dichas herramientas puedan resultarnos teóricas y abstractas, siempre serán aplicables a nuestra realidad más inmediata. Necesitamos más filosofía para abordar preguntas existenciales y éticas, por su gran capacidad de generar pensamiento crítico, promover la reflexión y la búsqueda de la verdad. Y este proceso en sí mismo, tiene una dimensión terapéutica y transformadora casi olvidada, pero real.

Así que termino proponiendo que la sentencia clásica según la cual “nada hay más práctico que una buena teoría” se debería completar añadiendo: “… y nada (auto) ayuda más que una buena filosofía”.

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